30 octubre, 2018

Knotfest Bogotá fue un éxito. Congregó a 15.000 metaleros a presenciar una tanda furiosa de bandas liderada por el ataque profesional de Judas Priest. Ojalá esta edición inspire nuevos y mejores -hombres y- festivales.

Claro que hubo efusividad, especialmente en Helloween y Judas Priest, bandas que tienen fanaticada multigeneracional y decenas de himnos cultivados. Pero la horda de 15.000 personas que fue llenando el Hipódromo con el paso de la perfecta tarde y la fría noche moduló sus saltos, pogos y cantos. Parecía contenida más que cansada o apática, como adaptándose tímida a un festival que no es Rock al Parque. Y está bien. Nuevas ofertas traen nuevas experiencias y adaptarse es necesario. Después de todo es una jornada que, para quienes la vivieron entera, duró ‘once horas de rock’. Hay que tener aguante, modularse no es pecado. Sobre todo porque, en gran mayoría, el metalero del primer Knotfest fue adulto de más de 25.

Esta no es más que una observación inútil pues Bogotá demostró ser ‘Metal‘ de sobra. Llevó mucha gente al evento, gente que en su mayoría volvería a una edición así, con actos de nivel, irresistible. Eso fue para cientos de asistentes que fueron a pesar de tener que caminar decenas de kilómetros para llegar en el día y luego para volver al portal de Transmilenio en la madrugada con lloviznas y viento. Eso fue para miles más que se quedaron con las grandes memorias a pesar del ‘guerreo’ con la estrecha y caótica salida peatonal hacia los buses, con capacidad para cientos pero abordada por miles al tiempo en una situación que pudo ocasionar desmayos con toda facilidad.

Pero que no se lea como crítica. O sí, pero constructiva. El evento no pecómás que ningún otro de los festivales grandes en Colombia en temas de logística. Si acaso cayó en los mismo limbos difíciles. De todo se debe seguir aprendiendo…

Y claro, también acertó mucho. La música entregó lo que prometió y hasta más. Hubo una combinación brutal y contundente de bandas y estilos. Fue un gran festival. Los críticos de esta edición del Knotfest en Colombia mencionaban que traía un cartel de nostalgiaNo se sintió así. Ofreció una postal de varios estilos de Heavy, sostenida en el tiempo pero amoldada al siglo XXI.

Lo de Judas Priest fue espectacularEl sonido más bárbaro de la noche -y a la par de los mejores escuchados en un concierto de rock en esta la ciudad– permitió experimentar versiones increíblemente vivas de sus clásicos y de sus potentes novedades. Los solos de guitarra fueron más que espectaculares, pero todo cayó bien, lo nuevo, lo viejo, lo conocido y lo poderosamente fresco de la banda. Rob Halford sumó su presencia, voz, histrionismo, motocicleta y dinámico vestuario. El resto de la banda no hizo más que derrochar calidad en extremo eclipsando al mismísimo frontman. El ataque de guitarras fue sónico, bordeó lo perfecto; claro, como el manual dice que debe sonar, lo suficientemente duro y crujiente para sentirse inolvidable. Sus rítmicas fueron el piso de todo el concierto, sus solos marcaron sus puntos más inspirados.

A lo largo del festival el nivel siempre estuvo ahí, quizás fluctuó el estilo y la claridad del sonido. Masacre retumbó en la tarima principal desde la media tarde y la masa que viste oscuro se lo hizo sentir pues se congregó desde temprano. Los de Medellín calentaron lo que pudieron con su contundencia y su característica gutural de matiz bajo.

Arch Enemy le siguió y dejó la vara muy alta. Entregó, discutiblemente, el segundo set más contundente de la jornada. Le correspondió un atardecer mágico, entregó un sonido perfectamente balanceado, fuerte y contundente, que le sirvió perfectamente a sus acompañamientos melódicos en sus guitarras. Nota para Alissa, una vocalista que además de no poder ser más sexy (imposible), dejó impresa una gran memoria de su gutural voz y su compromiso sin tregua. Se dio sus vueltas para buscar algo de oxígeno. Lo hizo y ganó la batalla de los 2.600 metros.

Luego vino la doble tanda alemana. Primero Kreator, que pudo sonar mejor y aún así no decepcionó. Fiel a su fama, disparó una descarga de thrash enojada, apocalíptica, regañona, caótica. El concierto estuvo plagado de momentos pesadamente brutales, dignos del cabeceo de trance heavy. Si bien es una banda que tiene más mugre en su sonido pudo haber disputado el podio. Su calidad nunca entró en entredicho.

Y todo sirvió el gran plato para Judas Priest y su experiencia sónica.

Ojalá Knotfest sea un paso para nuevas iniciativas, o ediciones. Los festivales ofrecen grandes cosas y tienen muchas por mejorar. La gente asiste, y sí, alguna también tiene mucho por mejorar.

‘Metalmaniacadas’

*La zona de discapacitados quedó a un nivel en el que sus ocupantes bloqueaban la vista a varios espectadores de la tribuna de atrás. Estos, enojados y con una leve dosis de razón, pero no con justificación, lanzaron improperios contra los discapacitados que entraban y la gente que les acompañaba. Lanzaron más que eso, voló una que otra moneda y botella de plástico.

*Más allá de la vista bloqueada, que la organización deberá repensar y que la gente debería repensar en sus reacciones absurdas, hubo casos peores. Algunas personas buscaron usar el baño de discapacitados y cuando no se les permitió se atrevieron a cuestionar que hubiera un baño exclusivo para discapacitados. A algún carente de humanidad y escrúpulos se le escuchó decirle a una mujer en silla de ruedas “¿Por qué te sientes especial?”… Sin palabras. La mayoría de gente se portó a la altura, pero algunas personas parecen dañadas de raíz y entristecen el ambiente que tocan.

*En cuestión de segundos se desató una pelea a puños entre dos desconocidos, que en igual velocidad terminó y se convirtió en una despedida cordial… Se miraron como si hubieran respondido honorablemente al código de darse puños por alguna pendejada, sacar adrenalina y ‘dejar así’.

Fuente: semana.com